
Hna. Rosalía Cordero M.
Hermanita de los Pobres
Hay años especialmente bendecidos por el Señor… Sus designios están escritos desde toda la eternidad, sellados por el amor infinito a sus hijos. Su misericordia, que no tiene límites, busca, en la fuente insondable de Su ternura, rescatarlos cuando el mal los absorbe en su vorágine absurda.
Uno de estos años fue el 1997. Se me ocurre pensar que fue un año bendecido porque en él comenzaría una aventura de gracia y misericordia que sólo Dios conoce. No sé mucho narrar historias. Me atrevo a narrar ésta porque es demasiado hermosa y, sin pensarlo, me vi envuelta en ella.
En el mes de julio, en una clara y soleada mañana, Fray Miguel Parra, religioso Terciario Capuchino (Amigoniano), se encontraba en la Clínica Dispensario Padre Machado que tenemos las Hermanitas en Montalbán, Caracas. La Sra. Zulay Orta me lo presentó y admiré su sencillez y disponibilidad. En esa época, no teníamos Capellán en un Hogar de ancianas que tenemos en El Valle, una populosa zona de Caracas, por lo que cada semana buscaba algún sacerdote para que celebrara la Eucaristía, por lo menos, los domingos. Aproveché la ocasión y le pregunté si podía ir el domingo siguiente. Él, de una vez, me dijo que sí, que con mucho gusto iría de ahora en adelante y, en caso de que él no pudiese, otro de sus hermanos sacerdotes lo supliría. Así fue, y sigue siendo, porque hasta ahora, cada domingo, alguno de los Padres – actualmente, el P. Lorenzo Vicente -continúa brindando este servicio al Hogar y a la comunidad del Barrio San Andrés.
Al comenzar el año escolar, como Fray Miguel era el encargado de Orientación Religiosa de algunas Secciones en el Colegio Fray Luis Amigó de Bello Monte, los alumnos comenzaron a hacer la labor social en el Hogar, compartiendo con las ancianas muchas actividades. Él y el P. José María Martín, administraban los Sacramentos las veces que era necesario.
Como buen observador, Fray Miguel se fijó en un terreno que estaba frente al Hogar y me pidió que me informase de quién era, ya que la Comunidad le había encomendado buscar un lugar para construir o tener una Obra que fuese acorde al carisma de los Religiosos Terciaros Capuchinos. Él fue a Roma a finales de septiembre a un curso de formación. Investigué sobre los propietarios del terreno obteniendo la información de que eran terrenos del INAVI. De todos modos, hicimos un sondeo entre los vecinos para ver qué les parecía si por esa zona se construía una Obra para niños de la calle. Les pareció bien, ya que es un sitio estratégico para una labor así, pues se accede fácilmente y hay una población numerosa.
En diciembre, al regreso del curso, informé a Fray Miguel lo del terreno. A él no le pareció bien porque en un futuro podría ser problemático y me dijo que era mejor esperar.
En Caracas había un buen Grupo de Laicos Cooperadores Amigonianos, cuyo animador espiritual era Fray Miguel; hacían sus reuniones, encuentros, retiros, etc. Participé en algunas reuniones y fui comprendiendo la riqueza del carisma amigoniano (La reeducación de los jóvenes con problemas) y me extrañaba que, con un carisma tan actual, basado en la espiritualidad del Buen Pastor y con tanta necesidad en el país, no tuviesen los Religiosos Amigonianos una Obra específica de su Congregación. Creo que esto me animó a apoyar desde el inicio este Proyecto, y considero una gracia del Señor que nos haya regalado esta ocasión de compartir nuestras experiencias carismáticas. Digo esto porque, personal y comunitariamente, ha sido un gran enriquecimiento para ambas Congregaciones. Sólo Dios sabe los beneficios espirituales que hemos recibido varias Hntas. de los Pobres en este intercambio a lo largo de estos casi 11 años.
Continuando el relato, en enero del año 1998 hubo un Retiro de los Amigonianos en una Casa que tienen las Hnas. Siervas de Jesús en la vía a San Diego de los Altos. Fray – como le diré de ahora en adelante - me invitó, y participé en él, pudiendo percibir la alegría y el compromiso del Grupo. En ese Retiro, él planteó la inquietud que tenía y de cómo anhelaba hacer realidad la solicitud que le había hecho su Congregación.
Una pareja de Maracay que también participaba en el retiro, le dijo a Fray que ellos estaban vendiendo una parcela en el Sector La Yegua de San Diego de los Altos, Edo. Miranda, y creían que podía servir para la obra que la Congregación Amigoniana quería hacer. Al finalizar, varios nos fuimos a ver la parcela, todos emocionados. Nos encantó. Una colina bien hermosa, con una vista panorámica espectacular. En una hectárea y media había una casa grande, que de una vez pensamos estaba buenísima para los frailes; una casa más pequeña de dos pisos, para los terapeutas, y un galpón bastante grande de tres pisos que, acondicionándola, estaba de lo mejor para los muchachos. Tenía una pequeña piscina y jardines bien cuidados; una pintura de la Virgen de Coromoto daba la bienvenida…
El precio era de Bs. ciento veinte millones. Ésta es una zona residencial, aislada de la ciudad, pocas casas, ambiente bueno, por lo que los precios son altos. Negociando, nos lo dejaron en ciento diez. Pues nada, había que pensar en conseguir el dinero. Piensa que piensa, ora que ora. Se nos ocurrió rifar un carro. Entre las personas que hicieron el retiro estaba la Sra Geny Núñez, de Maracay, que tenía una empresa. Ella se ofreció a comprar un Fiat Uno y que le pagáramos sólo la mitad. Dicho y hecho. A mandar a hacer los ticket!! Los amigonianos se ofrecieron a ayudarnos a vender.
Busqué las Parroquias de Caracas de las zonas con más poder adquisitivo y en las que conociera al Párroco para pedirle que, por favor, nos permitieran vender los boletos después de la Eucaristía o cuando a ellos les pareciera bien. Fuimos a la Parroquia San Luis Gonzaga de Chuao, donde el P. Leo Webers, con gran bondad y acogida, nos dejó vender en todas las Misas de un domingo; a la Parroquia Santa María Madre de Dios, de Manzanares, en la que el párroco, P. José Martínez nos dio espacio en las Misas de 9 y 11 a.m.; a la Parroquia Sto. Tomás Apóstol en Sorocaima, en la Misa de 11:00 a.m., cuyo párroco, P. Jaime Moore, aún continúa dando una ayuda en el marco de la Campaña Compartir de Cuaresma; a la Parroquia La Anunciación del Señor de La Boyera, donde el P. Luis Tineo fue muy generoso y receptivo; y a la Capilla de las Siervas del Santísimo en La Concordia. La dinámica era explicar el Proyecto a los feligreses después de la Comunión y colocarnos en las puertas de la Iglesia con los talonarios. Pero como sacerdote, a Fray le pedían que ayudase en las Confesiones. Total que él confesaba y, en algunas ocasiones, viendo que no llegaba, pues la cola de gente para recibir el Sacramento era grande, me tocaba explicarlo. Yo, feliz de hacerlo, aprovechaba para decirles que no se trataba sólo de la rifa sino de que colaborasen con otras cosas: objetos varios, electrodomésticos, etc., que a nosotros nos servía todo lo que ellos no usaban. De veras que la gente fue generosa. Había quienes nos daban los Bs. 5.000 del boleto y nos lo dejaban para revenderlo. Después empezaron también a llamar para que fuésemos a buscar lo que querían donar. El Hogar María Páez, de El Valle, fue el centro de acopio. Aquí quiero agradecer a mi querida Madre Cecilia Villalobos, quien era la Madre General de mi Congregación en esa época, por haberme permitido apoyar este proyecto desde sus inicios, así como a las Hermanas de la Comunidad. Hubo que aclarar a las ancianitas lo que llegaba para el Proyecto y que luego salía, no fuesen a pensar que se llevaban las cosas de la casa.
Nuestro Hogar había recibido una donación del Fondo de Fortalecimiento Social, un ente gubernamental adscrito al Ministerio de la Familia de esa época, para unas reparaciones. Una tarde fui a entregar la Relación de los gastos y, en la sala de espera, me puse a observar una cartelera donde exponían las fotos de las Instituciones y Obras que recibían sus ayudas. De una vez pensé en que a lo mejor podrían ayudarnos para el Proyecto. Quise seguir pensando para ver cómo proceder. Cuando bajé a esperar el autobús de regreso, encontré en la parada a la asesora legal del FFS, una merideña muy cordial, a quién le pregunté si podíamos solicitar ayuda para un Proyecto que tenían unos religiosos en beneficio de niños de la calle, pero que económicamente no habían recursos y ya habíamos visto un sitio que nos gustaba para realizarlo. Había que comprar esa parcela o algún terreno donde construir.. Me dijo que no era lo normal dar dinero para eso sino para reparar escuelas, hogares, obras populares. Pero que si el Proyecto era bueno, bien presentado y, al analizarlo, veían que valía la pena apoyarlo, pues lo harían, y me dijo, además, que para compras de terreno habían dado en muy pocas ocasiones.
Regresé a casa de lo más contenta, algo me decía que sí nos iban a ayudar. De una vez llamé a Fray Miguel y le comenté. Él se alegró muchísimo y de una vez pensamos en pedir una entrevista con la Presidenta del FFS, Lic. Marlene Jairala. Nos la concedieron y Fray le explicó con lujo de detalles los alcances del Proyecto. Ella nos pidió hacerlo por escrito según el formato que nos dieron, y que yo conocía, gracias a Dios, pues en dos ocasiones lo había presentado para las solicitudes del Hogar. Estaba como Asesora de Proyectos una mujer muy capaz y especial, cariñosa y eficiente, la Lic. Coromoto Ortiz, que fue clave en todo el proceso de ayuda.
Nos pusimos a trabajar en el mismo. La Lic. Ortiz nos lo revisó antes de llevarlo, pues los objetivos eran distintos a los que yo había hecho para el Hogar. Le pareció bien y solicitamos una entrevista con la Presidenta del FFS para llevárselo personalmente. Nos la concedió.
El día pautado estábamos allá Fray y yo. Era una persona muy ocupada y, aunque tuvimos que esperar un buen rato, nos atendió generosamente. Se quiso informar de la trayectoria de los Terciarios Capuchinos en el área de la reeducación, lo que le fue explicado con detalles. Le dejamos el Proyecto y, bueno, a esperar la respuesta.
Mientras tanto, continuaba lo de la rifa del carro. Hicimos un gran esfuerzo para vender la mayor cantidad de boletos. Enviamos a nuestros familiares en Carora, Mérida, amigos en San Cristóbal, Guanare y otros sitios, pero no logramos venderlos todos. El día de la rifa estábamos ansiosos a ver quién sería el ganador del Fiat Uno verde, ¡sacado de agencia! Pues, nada, se lo llevaron a Carora. El talonario fue vendido por mi hermana Sara y una maestra, compañera de ella en la Escuela Morere, fue la afortunada ganadora. Gracias a Dios no hubo contratiempos de ninguna especie, la Sra. Geny Núñez hizo el traspaso del título de propiedad, y la señora se vino a Caracas a recibir su premio. El carro lo teníamos en nuestro Hogar en El Valle. Las fotos de la entrega están en el álbum.
Volviendo a lo del proyecto, de vez en cuando llamaba al FFS para ver qué pasaba. Mi contacto era la Lic. Ortiz quien, con mucha gentileza y cariño me atendía y me iba poniendo al tanto. En nuestras oraciones pedíamos al Señor que, si era Su Voluntad, nos concedieran la ayuda. Seguimos a la espera.
Yo conocía al entonces Ministro de la Familia, Dr. Carlos Altimari Gásperi. Él, ingenuamente, me había dado número telefónico de su oficina y el del fax. Pues nada, no digo cada día, pero casi, le enviaba una cartica: Sr. Ministro, recuerde lo de la ayuda para los niños; o le dejaba un mensaje. Un día me dice: Hna., ¿ustedes pueden venir temprano a mi oficina en el Parque Central? Pues claro que sí, Sr. Ministro. Nos citó para un día concreto y, a las 6 de la mañana estábamos ahí, esperando que saliera de Misa en la Capilla de San Clemente, donde participaba cada día. Fuimos los primeros en llegar. Nos atendió con mucho cariño, expusimos todo, pero… “Yo no resuelvo. La Lic. Jairala es la que decide eso”. “Pero mire, Ud. es el Ministro, si le dice ella nos lo da” “Sí, pero esperen que ella analiza el caso y les dará respuesta”.
Pasaba el tiempo, no mucho a decir verdad, pero para nosotros era muy pero muy largo. Un día había en la UCAB un Congreso sobre la Acción Social de la Iglesia y supe que el Ministro iba a participar. Llamé a Fray al Colegio y le dije: “Vente porque el Dr. Altimari va a estar aquí y la Lic. Jairala también, vamos a aprovechar de hablar con los dos nuevamente”. “Hnta., yo tengo clase ahora”. “No, deja esos muchachos con alguien pero te vienes de una vez, no podemos desaprovechar esta ocasión”. “Ya voy”. Llegó el Ministro y lo abordé en el estacionamiento. Llegó Fray y hablamos con él. También con la Licenciada, ella dijo: “Sí, tienen ochenta millones, pero no me pidan más”. “Eso no nos alcanza, por favor”. Sí, eso es lo que puedo darles” ¡Gloria al Señor! ¡Qué alegría tan grande sentimos! Esa misma mañana, después de una exposición en el auditórium, íbamos por el pasillo y alcanzamos a la Licenciada que iba al cafetín. Nuevamente le dijimos que, por favor, nos diera alguito más. Cuando llegamos al cafetín, ella le dice a Fray, en son de broma: “Si te arrodillas ahí te doy algo más”. ¡Qué risa! De una vez, Fray se arrodilló y ella le dice: “Te voy a dar diez millones más”. Gracias, gracias. Ella no creía que se iba a arrodillar ahí y le dijo eso porque – narró – cuando era una niña, a su hermano que a ellas les mezquinaba todo, si él quería helado le decía: Si te arrodillas te doy. Menos mal que se acordó de esa anécdota porque logramos algo más. Esto ha servido para, en más de una ocasión, echarle bromas a Fray.
Teniendo ya la aprobación por noventa millones, manos a la obra rápidamente para llevar al FFS los documentos de la Asociación, de la parcela y todos los requerimientos. Fue necesario inscribir la Congregación en el Ministerio de Relaciones Interiores y de Justicia, como se llamaba en ese entonces. ¡Qué no hicimos y caminamos en esos meses!
Fray vio la necesidad de preparar a algunas personas para cuando comenzase el Programa. Habló con sus hermanos de la Provincia San José de Colombia, quienes lo apoyaron bastante y le permitieron que fuesen a hacer un curso de terapeutas y compartir experiencia con algunas Comunidades allá. Fray César, Carlos, Pablo y María Isabel fueron enviados dos a Bogotá y dos a Medellín a prepararse. Todo con mucho sacrificio y austeridad. Después resultó que ninguno llegó a trabajar con nosotros.
Seguimos con la historia de la parcela. Aún nos faltaba dinero, pues recordemos que costaba ciento diez millones y, ni con lo obtenido en la rifa, completábamos, además de que había que terminar la construcción del galpón que estaba a medias y adquirir equipos, etc. De todos modos, confiamos en el Señor que de alguna parte se manifestaría Su Divina Providencia. Le aseguramos a la familia que vendía la parcela que ya teníamos ese dinero y ellos, muy gentiles y comprensivos, nos dijeron que recibían esa cantidad y después podíamos ir pagando el resto.
Íbamos con mucha frecuencia a visitar la casa, comenzar a conocer los vecinos, planificar, llenos de inmensa alegría, los detalles de lo que sería la comunidad terapéutica, etc. De vez en cuando los Amigonianos nos acompañaban y algunas Hnas. de mi Comunidad. Estábamos todos felicísimos. ¡Ya veíamos funcionando todo! Algunos frailes que venían de vacaciones se quedaban encantados con el sitio. El P. Clementino, Provincial en esa época, visitó también el lugar de la futura comunidad. Esos eran nuestros planes. El Padre, cuyos designios son inescrutables, tenía en los suyos algo más maravilloso aún. Para llegar ahí fue preciso contar con la cruz, que no se había aparecido casi. Faltaba ese sello que tienen las obras que son del agrado de Dios.
El entusiasmo no cesaba y bullían en nuestras mentes muchos sueños y proyectos. Se me pasó decir que nos habían hablado de una Casa grande con un terreno espacioso en la carretera que va a Güigüe. Fuimos a verla, bien bonita. Desde ahí se divisaba el Lago de Valencia. Pero estaba justo a orilla de la carretera y a Fray no le pareció bien. Nos acompañaron a verla los esposos María Eugenia y Chucho.
Corría el año 1998. En el Fondo de Inversión Social tenían un Programa donde, presentando un proyecto bien sustentado, donaban equipos a las Instituciones que tenían objetivos sociales. Como conocía al Presidente de dicho organismo, le dije a Fray que era bueno pedirles nos equiparan el galpón. Me fui a Los Ruices a buscar la planilla de solicitud. Expuse el proyecto, les pareció bien y me animaron a entregarlo lo más pronto. En la lista de regiones, esa zona no estaba considerada como prioritaria pues es residencial, pero me dijeron que, dada la importancia del programa, harían lo posible por darnos una respuesta positiva. Entre los recaudos que solicitaban había uno que fue nuestra piedra de tranca: la aceptación del proyecto por parte de la Asociación de Vecinos.
Nos fuimos a la parcela creyendo que todo iba a ser papita. Hablamos con la familia de al lado, que siempre nos recibían muy contentos porque iba a haber algo bueno ahí, qué simpáticos son… Les dijimos lo de la carta y les expusimos el proyecto con los muchachos adictos. Nos escucharon pero… los gestos, luego las palabras… nos fueron diciendo que no iba a ser fácil la aprobación. Les propusimos invitar a los vecinos para el domingo siguiente en su casa. Llegó el día. Llegó gente no sé de dónde, siempre veíamos pocas casas. Objetaron todo y nos decían: “Aquí nuestros muchachos son sanos, van a estar viniendo carros de gente que no conocemos, van a dañar nuestra carretera (que más mal no podía estar), el agua llega poca y con ustedes ahí no nos va a alcanzar, la gente drogada que vendrá a dañar nuestros muchachos y muchachas, no podemos permitir que nos perjudiquen la zona…” Y pare de contar. Fray, que era el que sabía qué respuestas dar, les explicaba los alcances del programa, que más bien los muchachos arreglarían la carretera, que como el Estado nos estaba ayudando obtendrían beneficios para todos, habría agua en abundancia, sería una bendición para todos, etc., etc. Yo decía todo lo que podía. Josefa, José y Tania, que nos acompañaban siembre, daban sus opiniones tratando de convencerlos, pero eran duros de roer. Viendo que no logramos un consenso, les invitamos a otra reunión el domingo siguiente creyendo que, a lo mejor, cambiarían de parecer en esa semana, y los que no se habían enterado, pues, nos apoyarían.
Ese domingo no nos pudimos reunir en la casa de la familia porque era mucha la gente… Nos fuimos a la escuela. Se replanteó todo con más detalles, pero… imposible. No quisieron escuchar y, para ser breve, no aceptaron el proyecto ahí. Cuando terminamos la reunión, me preguntaba, de lo más preocupada: ¿qué hacemos? Fray estaba de lo más tranquilo, sereno, confiado. Nos vinimos a Caracas. En el camino le dije a Fray: “Ahora, ¿qué vamos a hacer? La gente del FFS ya nos tienen el cheque”. Me contestó: “Nada. En el Evangelio Jesús nos dice que si no nos quieren en una parte busquemos otra”. “Claro, tú lo ves bien fácil, pero, ¿qué nos dirán allá?” “Tranquila, será lo que Dios quiera”. Veníamos los cinco conversando y le digo: “Bueno, al llegar llamaré a la Licenciada Ortiz para decirle lo que nos pasó a ver qué nos sugiere”. Casi sin respirar la llamé desde el teléfono público más cercano que había en la entrada del Hogar, a la expectativa de lo que me diría. “Vengan mañana temprano; Hermana, duerma tranquila”. De todos modos, en la noche agarré el periódico y comencé a ver los avisos clasificados de ventas de terrenos y parcelas. Llamé a varias personas, le avisé a Fray de estas llamadas, y quedé con un señor que iríamos a Cúa a ver una que me parecía bien por el precio y el tamaño. Nos veríamos el día martes a mediodía en una bomba de gasolina en la carretera hacia Cúa.
Al día siguiente, lunes, vino Fray a recogerme para ir al FFS. La Licenciada nos recibió con mucho cariño y nos dijo que no nos preocupáramos, que no había problema alguno. Lo que habían aprobado era el proyecto, no el sitio. Al preguntarle si sabía de algún lugar que nos sirviera, nos sugirió ir hacia el Junquito que por ahí hay y ofrecen terrenos en venta. Muy contentos con esta acogida y apoyo que nos dio, regresamos a nuestras casas a cumplir con nuestras obligaciones rapidito porque a la 1 de la tarde nos íbamos al Junquito. Salimos y, efectivamente, mientras nos acercábamos comenzamos a ver los carteles con los avisos de venta. Primero los que nos quedaban a la derecha, pendientes de que se nos había quedado un aviso al comenzar la subida y que, al bajar, preguntaríamos. Los intermediarios nos atendían muy bien, ponderando las propiedades, prometiendo hablar con los dueños y darnos una respuesta. No había manera de que nos dejaran hablar directamente con ellos. Con las tarjetas en las manos, bajamos viendo los de la izquierda, acumulando tarjetas, y nos acordamos del aviso que faltaba. Nos atendió un señor joven y nos habló de una parcela por la Colonia Tovar que la estaba vendiendo un español desde hacía dos años, con bastantes frutales, 153 hectáreas, en ochenta millones. Él, sin ningún inconveniente, nos dio el papelito donde el dueño le había dejado su número de teléfono y nos dijo que quién sabe si ya la habría vendido. Nos llamó la atención el detalle y bajamos entusiasmados para llamar al señor. Buen precio, un sitio más fresco, nos dio una corazonada.
Cuando Fray me llevó al Hogar de regreso, me dijo: “Voy a la casa a llamar al señor Pedro Riú – que así se llamaba – y te aviso qué respuesta me da”. Le dije: “No señor, vamos a llamar desde aquí, qué va, vamos a la oficina. ¿Cómo voy a esperar hasta que llegues a tu casa y llames? Él de una vez se alegró más pues también estaba ansioso por saber rápido la respuesta. Que emoción. El señor Pedro estaba en casa y nos dijo que el día siguiente martes, a las siete de la mañana, él iba a la finca y, si queríamos, podíamos ir a verla. Pues claro que queríamos, indudablemente.
A las 6:30 a.m. estábamos en la puerta del edificio donde vivía en Santa Mónica, esperándolo. Eran los primeros días del mes de agosto de 1998. Nos fuimos. Él en su camioneta y nosotros en el carrito de los Padres, detrás, conversando. ¡Cuántas anécdotas, chistes, conversaciones, risas, oraciones, en esos viajes! Habría que hacer otra crónica. ¡Qué de recuerdos!
Llegamos a La Victoria. Seguimos a Pie de Cerro. Dejamos el carro donde Magaly, amiga incondicional y siempre cercana desde los inicios. En la camioneta del señor Pedro arrancamos por la carretera hacia Gavante. Un paso de río, y otro, y otro. En el cuarto paso nos dijo que desde ahí comenzaba la Finca Pesgualito, al lado izquierdo. A Fray le iba gustando el paisaje, las montañas, los ríos, franciscano él. Después del noveno comenzamos la subida que ahora todos conocen. Llegamos. En la primera explanada había un galpón viejo, grande, donde tenían unos animales. En una habitación vivía una pareja con sus tres niños que cuidaban la finca. En la segunda explanada, subiendo más aún, había una casa con tres habitaciones, un baño, cocina-comedor y un patio grande. Al lado una casa más pequeña con dos habitaciones y un baño. Era el sitio más hermoso, desde donde se observaba la grandeza y hermosura de las montañas. Un paraíso, clima fresquísimo, un lugar tranquilo. Aguacates, cambures, limones, naranjas, lechosas, guanábanas, pimentones, berenjenas, manantiales, naturaleza exuberante. Nos encantó.
Había que ir al grano de la cuestión: el precio. Le explicamos, en concreto, para qué queríamos la finca y le gustó la idea. De una vez le dijimos que él la vendía por ochenta millones, según nos habían informado. “Ah, eso era hace dos años. Ahora cuesta más. ¿Saben cómo ha subido el dólar? ¿Y todos los productos, alimentos, abono para los frutales, etc.? A 153 millones la estoy vendiendo” Y nosotros: “No podemos a ese precio. Solo tenemos noventa millones. Mire, aquí se va a recuperar un poco de gente, muchachos con problemas, niños de la calle. Aquí va a haber una capilla, la gente vendrá a orar, se celebrará la Eucaristía. ¿No le perece hermoso que en su finca pase todo eso? Sí, ande, por favor”. Él continuaba repitiendo sus argumentos, valederos ciertamente, pero no era menos cierto que nosotros no teníamos más que ofrecer. Íbamos con él de cuarto en cuarto. Le parecía muy poco, a nosotros nos parecía muchísimo. Tanto insistimos que nos dijo: Sí, está bien, se las dejo en noventa” “Gracias, señor, gracias, ya verá cómo está finca será una bendición. Le avisamos cuándo nos vemos”. Fray ya estaba decidido en su corazón.
Cuando terminamos de ver todo y él de dar la comida a los perros, dejar al obrero el salario (una parte en licor), bajamos rapidito porque, recuerden, habíamos quedado que a la una nos veríamos con el otro señor de Cúa.
A millón agarramos autopista de regreso. Llegamos a la bomba y nos pusimos a esperar que llegara el señor. Yo le había dicho a la Hna. Gabriela que, desde el Hogar, se fuera ella en la camioneta para que nos ayudara a ver esa parcela y darnos su opinión y que nos veríamos en la bomba para continuar juntos. Espera y espera. Llamamos al señor y nos dijo que se le había dañado el carro y estaba esperando que el hijo le prestara el suyo. Luego nos llamó diciendo que al carro del hijo le había pasado no sé qué. Total que Fray me dijo: “Hermana, vámonos más bien a Betania a agradecer a la Virgen que hayamos conseguido la finca en La Victoria. Esa me gustó mucho, siento que no tenemos que buscar más. Decidido: nos quedamos con esa”. Nada, ¡para Betania! Íbamos felices agradeciendo al Señor por esa mañana tan provechosa. Al mismo tiempo, mientras seguíamos se sentía mucho calor, sequía en las montañas grises, una tierra menos agraciada que la que habíamos visto. Más convencidos aún llegamos a la gruta de la Santísima Virgen a dar gracias y poner el Proyecto en sus manos para que lo bendijese e intercediera ante su Hijo, el amado Buen Pastor. Por cierto, se haría en un lugar retirado de la ciudad, sin asociaciones de vecinos cerca.
Regresamos a Caracas. Fray a compartir con sus hermanos en el Colegio su alegría, y yo pensando en volar al FFS a comunicar la noticia. Allá se alegraron mucho. Como ya habíamos hablado con la pareja de Maracay el problema que tuvimos con los vecinos y no se había firmado ningún documento, fue fácil dejar la parcela de allá, aunque, a decir verdad, nos había gustado.
Es bueno recordar que Fray continuaba con sus actividades normales en el Colegio, con las reuniones del grupo de Cooperadores Amigonianos de Caracas, la misión que hacían en El Manteco, Estado Bolívar, etc. Todo este movimiento lo hacíamos en los ratos que sacábamos de nuestro trabajo; eso sí, con mucho entusiasmo. Igualmente, Fray iba haciendo un esbozo de lo que sería el programa para los niños y muchachos en dificultad. Dialogábamos mucho sobre la pedagogía amigoniana, lo cual me interesaba pues no la conocía, me fui empapando de ella y me hacía encariñar más por el proyecto.
Esa misma semana le dijimos al señor Pedro que comprábamos la finca. Él nos invitó un día a almorzar en su casa. Compartiendo con la familia, conocimos detalles importantes: tenían un único hijo con parálisis cerebral, de 34 años. Querían irse a España, ellos son de Tenerife, pues les preocupaba la suerte de Pedrito – que así se llama – ya que si faltaba alguno de ellos, no querían que quedase desprotegido y en aquel país tenían su Seguro y esto les daba tranquilidad. Lo único que los ataba era la finca, que no la habían podido vender. Demostraron siempre gran alegría por dejarla en manos de los religiosos amigonianos. De una u otra forma estamos en comunicación con ellos y les hemos contado cómo está ahora la finca y las transformaciones que se han hecho, especialmente las transformaciones espirituales, promesas de Dios que se han cumplido como les decíamos durante la negociación. En octubre del año 2006 el señor Pedro Riú Prat falleció. Tenemos la certeza de que nuestro Dios le recompensó por su bondad. Pedrito y su mamá Nieves continúan siendo nuestros primeros benefactores pues nos vendieron este paraíso a tan buen precio. Antes de retirarnos el señor Pedro salió al balcón y tomó una plantita pequeña y se la dio a Fray para que la sembrara en la finca: es la palma datilera que luce hermosísima en el patio posterior del edificio. Va cumpliendo años junto con la presencia amigoniana en este bendito lugar. Ése no fue el único regalo. Una camioneta Wagoneer, gris, se la donó a Fray para que tuviera cómo subir, preámbulo de las innumerables bendiciones que, a lo largo de los años, la Divina Providencia derramaría.
Se comenzaron formalmente los trámites de la compra. Fray tuvo que ir varias veces a La Victoria para alistar todo y fijar fecha en el Registro.
Llegó el día. ¡Aleluya! A las 9:00 a.m. del día lunes, 26 de agosto de 1988, teníamos la cita en el Registro del Edificio Cilento de La Victoria, para que el P. Lorenzo Vicente Soria, Representante Legal de la Asociación Civil Terciarios Capuchinos de Venezuela, firmara la compra de la Finca Pesgualito. A las 9:30 a.m. se firmó. La emoción fue intensa. Estábamos presentes, el P. Lorenzo, Fray Miguel Parra, Don Pedro Riú Prat, Nieves de Riú, María Eugenia y Chucho, y esta servidora.
Entregados los documentos, el P. Lorenzo regresó a Caracas. Nosotros seguimos en la camioneta Wagoneer a Maracay a casa de Chucho y María Eugenia, donde almorzamos y brindamos llenos de alegría. Después del almuerzo nos dimos a la tarea de lavar la camioneta, ya que no cabía un pelo más de los perros del señor Pedro. De regreso pasamos por la Finca.
No es posible continuar el relato sin expresar nuestra inmensa gratitud al Señor, Padre Bueno y Providente, por este regalo concedido a la Congregación Amigoniana. En las conversaciones con el Ministro de la Familia, le preguntamos en una ocasión: “El hecho de que ustedes nos hayan dado para comprar la finca, ¿es motivo para que alguna vez nos la pidan u otra cosa?” “De ninguna manera, contestó, ésa es propiedad de la Asociación, tranquilos” ¡Gloria a Dios! Sí, damos infinitas gracias a Dios. Siempre tuvimos una certeza tan grande de que era una Obra querida por Dios y urgida por nuestros jóvenes, que esa frase la colocamos en todas las cartas que enviábamos. El tiempo daría la razón.
Expresamos nuestras felicitaciones a la amada ciudad de La Victoria porque, además de ser la cuna del Pbro. Santiago F. Machado, Fundador de mi Congregación, Hermanitas de los Pobres de Maiquetía, es también el terreno fértil donde el carisma amigoniano ha echado raíces bien profundas y sólidas, y el P. Luis Amigó, Fundador de la Congregación de los Religiosos Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores, es ejemplo de apóstol en busca de la oveja perdida, con muchos seguidores que, inspirados por él, siguen al Buen Pastor.
Creo que nunca se imaginó la gente de San Diego de Los Altos cuántas bendiciones tenía dispuestas el Señor a la tierra que acogiera este don. Esto lo hemos comentado una y otra vez Fray y yo, y, no sé, siempre nos parece nueva la conversación porque no nos cansamos de admirar y alabar las grandezas del Señor. A las pruebas me remito. La Palabra de Jesús se cumple… es Vida… y Vida abundante.
Los primeros días de septiembre Fray Miguel se mudó a la finca. Sus hermanos, Ivis y Alfredo, y su sobrino Haycar, lo acompañaban. Fue una ayuda invalorable la que estos muchachos le dieron a Fray. Cocinaban, limpiaban, echaban machete, recogían aguacates, etc., todo lo que se pueden imaginar que hay que hacer en una finca. Roberto, su esposa y sus niños continuaron en la casona de abajo. El señor José, quien se quedaba en la casa de arriba, fue contratado por Fray para que trabajara, pero duró muy poquito porque, se podrán imaginar, toda la vida tomando aguardiente y masticando chimó, y desde que cambió de patrón no podía tomar más. ¡Nos reíamos con él! Cuando se fue, le preguntaban: “¿Por qué te viniste de arriba?”, respondía: “Qué va, allá rezan mucho, rezan al levantarse, rezan para comer, rezan para acostarse, puro rezar”. Nada que dijo que le hacía falta su bebida espiritosa. Esa fue la única condición que le puso Fray. Cuando comenzaron los muchachos a limpiar monte, encontraron verdaderos “entierros” de botellas de licor vacías. Él las iba “sembrando”. Sacaron cantidad de pipotes full de botellas.
Los aguacates fueron los que mantuvieron las actividades que se iban haciendo. Poco a poco comenzaron a llegar algunos muchachos para ser atendidos. Hubo épocas en que el grupo era grande.
A vender aguacates se ha dicho. Fray vendía en la Victoria, y yo en Caracas, en el mercado de Coche, Restaurantes, vendedores en la calle, en las Casas de las Hermanitas de los Pobres, a particulares, etc., regateando precios. Ya tenía hasta clientes fijos. ¡Qué risa! De verdad se cuenta y no se cree. No sólo aguacates, también cilantro, cebollín, perejil, limones, lo que diera la tierra.
Les cuento algo gracioso: En un retiro de Amigonianos en Jabón, en la Hora de la Alegría, hicimos varios actos bien jocosos. En uno me vestí de no recuerdo qué, y entre lo que hacía, llamé a Fray, le tomé las manos e hice que se las leía. Se puso rojito, y le decía: “Por estas manos veo algo… como aguacates… por aquí ha pasado mucho dinero…”. Nos reímos a gusto.
Comenzó la finca a ser el punto de las reuniones de los Amigonianos que iban de Caracas. Ya desde que Fray comenzó con el Proyecto, ellos constituyeron una Fundación llamada “Amigos de Amigó” que tenía por fin, recuerdo, recabar fondos y apoyar el mismo, pero no se consolidó.
Cuando nos dieron el cheque en el Fondo de Fortalecimiento Social, la Lic. Jairala nos sugirió presentásemos el Proyecto a la CANTV para ver si nos ayudaban. Teníamos la finca, las casitas, pero… ¿y el Centro para los muchachos? Total que armamos muy bien el Proyecto y lo llevé una tarde, entregándoselo a la Lic. Erika Schmid, Gerente de Relaciones Institucionales de CANTV. Quedó en que estudiarían el caso y nos llamaría para una entrevista en caso de que fuese aprobado. Oración, oración y llamadas telefónicas. Hasta que un día llamó dándonos fecha y hora de entrevista con ella y las dos Asesoras de Proyectos. ¡Qué emoción! De una vez llamé a Fray quien se puso muy contento. Era una buena señal. Llegado el día nos fuimos. Los cinco entablamos una buena conversación, explicamos todo; preguntas iban y venían. En un momento nos pregunta ella: “Este proyecto está muy bien hecho, ¿de dónde sacaron el formato? ¿Quién les dijo que nosotros apoyábamos estas iniciativas?” Y nosotros: “Bueno, la necesidad que tenemos de hacer realidad esta casa para los niños de la calle”. Finalmente dijimos que sí, que en el FFS nos habían dicho que ellos nos podían dar un aporte y que por eso estábamos ahí. Nos dijeron ellas iban a presentar el resultado de la entrevista al Presidente de CANTV y nos llamarían. Pero antes de salir, una de de las Asesoras, Sharon, me pregunta: “Hermana, ¿usted es capuchina, terciaria? Y le digo: “No, yo soy Hermanita de los Pobres de Maiquetía, trabajo en un Hogar de ancianos”. “Esto me parece ecuménico – responde -, es muy raro que una Congregación pida por otra. Eso no es común”. “Bueno, el Reino es uno solo y no tiene fronteras – le dije más o menos eso -, pues sí, nos embarcamos juntos en este proyecto y ahí vamos”. Me sorprendió que cayera en la cuenta de ese detalle, yo no lo había ni pensado, creo.
Al poco tiempo nos llamaron dándonos la noticia de que habían aprobado setenta y cinco millones de Bs. para que comenzáramos la construcción del Centro. ¡Gloria Dios! A llamar a Fray Miguel, buscando la manera de hacerle llegar la información porque, como saben, arriba no hay cobertura. Habíamos quedado en que cuando bajara a la ciudad me llamara por si había algún mensaje. Además, en esos días iba con frecuencia, casi semanalmente, a llevar las cosas que la gente seguía trayendo para los muchachos y para la finca. Era bien hermoso ese compartir de la gente. De las Parroquias que habían colaborado en la venta de la rifa del carro llamaban avisando de donaciones de cocinas usadas, sillas, ropa, etc.
El día que fijaron para la donación nos reunimos en la CANTV de la Av. Libertador en la oficina de la Gerencia. El P. Lorenzo Vicente Soria, como Representante Legal, firmó el acta de entrega del cheque. Regresamos felices y contentos.
Es bueno acotar aquí que la CANTV de 1999 fue la primera Empresa que creyó en el Proyecto. Habíamos enviado cartas a muchas instituciones del exterior, especialmente. Nos habían dado una lista de las que solían financiar proyectos. Pero nos respondían que Venezuela no era un país pobre, que no entraba entre los que ellos ayudaban. Por correo electrónico le escribimos a no sé cuántos, hasta a Bill Gates, a través de su Fundación. Nada. Nos contestó el responsable de los proyectos en lengua española que apoyaban a países pobres y con objetivos muy concretos, diferentes a los nuestros. Por supuesto, cuando CANTV aprueba la donación no cabíamos de gozo.
En ese ínterin, nos llamaron del Fondo de Fortalecimiento Social para que presentáramos el Proyecto al Gabinete ampliado del Ministerio de la Familia, junto con otra Institución que ahora no recuerdo. A prepararnos, entonces. Recuerdo que hicimos unas transparencias y Fray las explicó a todos, quedando satisfechos, desde el Ministro para abajo.


